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Los niños y jóvenes que están solos y esperan

Cuando en otra oportunidad analizábamos aquello que la escuela Argentina debía afrontar hoy, de cara al re – conocimiento de su historia, hablábamos de un gran número de niños y jóvenes transitando el camino del fracaso, en principio escolar, pero fundamentalmente social y cultural. Decíamos también que el deterioro podía manifestarse en las aulas, en los resultados académicos, en los estándares internacionales, en el acceso a los estudios superiores, pero que la base fundamental de todo ello comenzaba mucho antes, gestándose en otros escenarios no precisamente escolares.
Desde esta deuda social, nuestra hipoteca histórica y cultural, hoy quisiera que concentráramos la mirada perspectiva en un punto de este horizonte. Ningún valor se aprende declarativamente; no es que nos hagamos buenos porque alguien, padre o maestro, lo haya dicho, explicado y aun fundamentado. Los valores se encarnan porque, como comunidad humana, “vivimos una profunda experiencia del valor”. Y esto tiene en sí algunas connotaciones, que por demasiado amplias y profundas no deben impedirnos la mirada. Simplemente hoy quisiera señalar “la profunda experiencia de soledad en la que crecen tantos niños y jóvenes”, soledad que se va constituyendo poco a poco como única experiencia que adquiere el valor de vivir.

La pobreza vivida en soledad. Que solos están tantos niños y jóvenes cuando deben enfrentar su vida, el presente cotidiano y los sueños del futuro, con la incertidumbre de no saber qué significa tener alguna expectativa. La OIT publica que en el mundo son 300 millones los jóvenes, de entre 15 y 24 años que sobreviven con un ingreso inferior a U$ 2, lo que los sitúa por debajo de la línea de pobreza. En nuestra nación el 60% de jóvenes se encuentra en esta situación de pobreza, representando en nuestra provincia el 75 % de los jóvenes. ¿Qué significatividad tendrá para cada uno de ellos hablar de un proyecto de Nación, de una historia de lucha y trabajo, cuando están literalmente “solos” con sus incertidumbres?
Crecer de golpe. Bajamos la edad de imputabilidad, adaptamos la ley de mayoría de edad, a lo que muchos llegan sin todavía haber comprendido qué significa “ser grandes”, porque todavía no han construido el concepto de “ser responsables”. Ahora, si consideramos que la juventud es ese período que transita desde la infancia a la edad adulta, podíamos preguntarnos cuáles son los hitos que demarcan hoy los límites. UNESCO propuso el límite formal para el último período de pasaje a la adultez entre los 15 y los 25 años; de los 12 a los 18 años es dónde podríamos situar hoy la gran magnitud en los cambios corporales, la maduración sexual, el proceso de autonomía personal (familiar y económica) y la consecuente formación de un nuevo hogar; pero nada de esto nos impediría encontrar que en el vértigo social, ninguna dinámica conserva equilibrio, no hay cambios acompasados ni tranquilos, y que el mayor vértigo que sufre la niñez y la adolescencia, es correlato de otro mundo lleno de inestabilidades, la familia. Tal vez ese sea el nuevo punto de mirada para comprender la difícil tarea en la que se encuentran tantos niños que devienen jóvenes, en busca de una identidad.
Pero “solos” ya que la familia también se convierte en un “nuevo escenario” dentro de la globalización; ha cambiado en cuanto a ese marco de referencia en el que determinadas formas de vida y organización familiar, así como las relaciones que en ella se establecían, permitían crecer y madurar de alguna manera con la presencia humana del intercambio interpersonal. Pero hoy la familia no tiene ese “tiempo familiar” rico y sencillo a la vez, cotidiano para el diálogo y el encuentro. En este sentido muchos temas se desprenden desde este punto, comenzando por la ausencia de la palabra y la escucha, de los relatos familiares propios de la “tradición oral”, donde la historia familiar tenía vitalidad. “Que los niños cuentan cada vez menos lo que les pasa”, “que están cada vez más encerrados en el mundo virtual del ciberespacio”, “que se comunican cada vez más con su yo imaginario”, no es un problema que le debamos dejar sólo a ellos. Todos nos enfrentamos a la virtualización por la pérdida del contenido humano de las relaciones.
En estos nuevos contextos, en que los marcos de referencia fueron perdiéndose, la obligatoriedad de enseñanza que creció desde la Ley Federal de Educación (1993), estableciéndola de 5 a 14 años, y la actual Ley de Educación Nacional (2006) que la complementa extendiéndola hasta la finalización de la escuela secundaria (17/18 años), son un aspecto de los espacio de contención formal que la niñez y la juventud necesitan. ¿Qué pasó con la familia entonces?
Nuestro comentario en este punto sólo quiere ser formal; de ninguna manera la pretensión es entrar en el análisis de procesos profundos que hacen a los vínculos y lazos en las identificaciones familiares, que de alguna manera nos permitirían comprender la construcción de la subjetividad de nuestros niños a lo largo de su historia. Basta sólo para enunciar la “soledad en la que crecen muchos niños y transitan muchos jóvenes”, decir los nuevos modelos familiares, donde los roles y puntos de referencia hoy son múltiples, cuando no desdibujados o poco claros. Reconocer la falta de tiempo para la escucha, la palabra y el diálogo. Cuándo los ritmos de vida, siempre adaptables a las necesidades de subsistencia, no se llegan a organizar de acuerdo a las necesidades humanas vitales.

La soledad en el mercado del consumo. Mientras que no hay padres capaces de hablar con sus hijos, sí hay una “gran familia imaginaria” que dialoga cotidianamente con ellos. Si hay un espacio donde son reconocidos y requeridos nuestros niños y jóvenes, ese es el mercado que los considera cotidianamente sujetos de consumo, clientes con un gran poder: el deseo de ser reconocidos, de tener un lugar, quien los considere como tal. Más que consumidores propiamente, son complacientes amigos con el lugar que la sociedad les asigna. Por eso cuesta tanto que se vuelvan críticos de dicho lugar, y lo modifiquen. Aun desde la pobreza en la que crecen la mayoría de nuestros niños, la fantasía de “ser por el tener” sigue siendo uno de los mayores correlatos, al que incluso los adultos nos acostumbramos aceptar
Cuando señalábamos los 900.000 adolescentes que ni estudiaban ni trabajaban, en un proceso verdadero de agudización de la pobreza y la marginalidad, estos jóvenes junto a otros tantos jóvenes que constituyen el presente y la esperanza de nuestra historia, reciben de ese gran interlocutor social que es el mercado, imágenes de una sociedad cada vez menos solidaria, más individual, más sujeta a los éxitos personales y al goce que cada uno debe vivir, ni siquiera construir. Es significativo ver el rol que se les asigna, por ejemplo, en la publicidad que los identifica: los jóvenes viven con autenticidad el pasatiempo que les permite disfrutar, ser felices.
Compromiso, cambio, esfuerzo, trabajo y familia, son alguno de los valores que se encontraron dando sentido a esa “profunda experiencia del valor” vividas por generaciones, no hace muchos años; lejos de establecer un decálogo de la añoranza sobre los tiempos idos y los valores perdidos, les proponemos pensar por un momento no sobre lo perdido, sino sobre lo que, como adultos, no hemos decidido continuar. Es fácil hablar de la incomunicación de los jóvenes, pero más complejo asumir la incapacidad adulta de acercarse a la realidad de cada niño y cada joven para comprenderla, y para que en ese escenario una palabra sea posible.
Dos temas quedarán pendientes para próximos comentarios: qué decir de los niños/jóvenes que dejan cada vez más tempranamente de serlo, sin haber podido asumir con responsabilidad su ser adulto y por otro lado cuál debe ser el rol y la identidad de los padres que, debiendo recuperar su vocación y su misión, deben re – aprender hoy esta tarea asumiendo con libertad el compromiso de acompañar pero también de crecer.
carlosv@ceiec.edu.ar