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La escuela que supimos conseguir…

El inicio de este ciclo lectivo nos encuentra con expectativas e incertidumbres, donde a veces unas pueden por encima de las otras. La educación en la Argentina enfrenta un momento paradojal: ser un baluarte en la construcción de la identidad nacional, proponiendo el valor del saber, la equidad y justicia, el crecimiento y el desarrollo social; pero a la vez la realidad cruda de no conseguir frenar el deterioro y el empobrecimiento que transita por las aulas o cercano a ellas. Una lectura simplista podría pensar que “la culpa obedece a la educación en si”. Pero en la escuela sólo se refleja la paradoja de un país que experimenta esta disociación. Esta encrucijada cobra sustancial importancia cuando la vivimos en medio de la celebración de momentos fundacionales para la historia de nuestro país.
Este año nos pone en situación la conmemoración del bicentenario de nuestro proceso de independencia, iniciado aquel Mayo del siglo XIX, en el que los ideales y sueños de nuestros padres de la Patria, se plasmaron en acciones de compromiso social y político, y en el que la educación siempre fue fundamental, porque esta “independencia” es en sí misma la apropiación de una identidad.
Por eso ante la historia, que se hereda pero también se asume y se construye apropiándola, es imprescindible que hablemos de nuestra responsabilidad como docentes y como escuela. No basta con quedarnos en la pregunta retórica de “qué país hemos heredado”, la que cada conmemoración nos sugiere; la que profundizamos cuando buscamos en las raíces al desentrañar “el país imaginado en los momento trascendentales de nuestra historia”. La pregunta verdaderamente valiosa es “qué país es el que estamos construyendo”, para la cual la educación Argentina hoy deba elaborar algunas respuestas.
“¿A quién enseña la escuela hoy?” es una pregunta que tiene algo de historia. Una gran educadora, Berta Braslavsky1, cuando presentó una ponencia invitada por el CEIEC2 al 4°Congreso regional de Educación organizado en nuestra ciudad en el año 2004, comenzó su disertación reconvirtiendo el título mismo del congreso “¿A quién enseña la escuela hoy?”, preguntándonos a todos los participantes: “¿a quién NO enseña la escuela hoy?”.
En estos días hemos escuchado cifras respecto de la realidad del mapa educativo, presentadas por ministros y autoridades de organizaciones

comprometidas con la educación nacional. Responsables de la Iglesia Católica3 señalaron que son 900.000 los jóvenes entre 13 y 19 años, que hoy no estudian ni trabajan, en una situación de deserción social y educativa que poco a poco va incrementando el fenómeno de exclusión, lo que repercute seriamente en la cultura y la convivencia social en la Argentina.
Desde el Ministerio de Educación de la Nación, se señaló que son alrededor de
550.000 los jóvenes que se encuentran fuera de la escuela, teniendo como dato que hoy estudian en el nivel secundario 3,7 millones de alumnos. Desde el Consudec4 se señala que, sólo en el conurbano bonaerense, se encuentran fuera de la escuela 800.000 niños y jóvenes, de 8 a 17 años. La CEPAL/OEI5 habla de que el 17 % de los 5,2 millones de niños/jóvenes, de entre 13 a 19 años, están en situación de fracaso escolar6.
Otro dato que se señala es el problema de la sobre edad, producto de la repitencia o el atraso en la inserción educativa, que hoy pone a 1,3 millones de niños/jóvenes ante las puertas de este fracaso. Según el observatorio de la deuda social, que desarrolla la UCA7, este último flagelo es la causa del “abandono silencioso”, que se inicia en la repitencia, continúa en deserción y luego constituye la exclusión social.
No vamos a entrar en la discusión de la validez o el criterio de medición con el que se utilizan estas cifras. Es suficiente que miremos a través de ellas la verdadera magnitud estadística, que sabemos siempre relativa. Relativa a qué…? A niños y jóvenes que “nunca serán el futuro, si no los consideramos nuestro presente más importante”. Y esto es uno de los mayores presupuestos para inaugurar la celebración de nuestro bicentenario: la deuda social que como país seguimos incrementando, y que consecuentemente hace a la identidad que no siempre tiene continuidad con la historia “que supimos conseguir…”8
Sin duda alguna es importante que analicemos la proporcionalidad que se despliega en cada una de las cifras presentadas: la mayor tasa de deserción escolar se da en los sectores con menores condiciones sociales y económicas; las menores condiciones educativas se encuentran en los sectores de mayor pobreza, y esta es sin duda la cruda realidad con la que se comprometen la mayoría de los docentes y educadores, que todos los días asumen la tarea

Una identidad no se puede pensar sólo en el pasado, sino que se debe buscar en el constante presente, porque nunca se termina de realizar, porque no es producto de un acontecimiento estático, quieto o sucedido. Nuestra identidad, es decir, lo que busquemos celebrar este año como bicentenario del comienzo de nuestra independencia, la debemos escrutar a partir de nosotros mismos, y de lo que estamos siendo, y de lo que nuestras generaciones están aprendiendo a ser porque nosotros somos capaces de transmitírselo.
Si a nuestros “próceres” les preocupó la educación, y muchos de ellos incursionaron en ella aún desde visiones y proyectos diferentes, es porque no existe identidad sin transmisión de valores, ni valores sin ser vividos como experiencias profundamente humanas. Porque se “aprende a ser”, y en este sentido la educación siempre tuvo una proyección de esperanza hacia el futuro, pero trabajando concretamente en el presente, porque los niños y jóvenes no son el futuro de nuestra Argentina. Nuestros niños y jóvenes son aquí y ahora.
La sanción de la Ley de Educación Nacional (2006), la continuidad de la reforma del nivel secundario, son algunos de los pasos a través de los que como sociedad asumimos el presente de nuestras generaciones que crecen. Por eso muchas veces el apelativo de “ser el futuro”, más que una promesa se tradujo en una hipoteca, cuando el empobrecimiento cultural se correspondía con el educativo; cuando las oportunidades que tienen de educarse los más de 10 millones de niños y jóvenes en la Argentina, no los encuentran a todos con las mismas posibilidades de hacerlo; pero sobre todo cuando hay muchos niños y jóvenes que ni siquiera tienen esa oportunidad.
“Las conductas de los jóvenes reflejan al país” dijo en estos días el Ministro de Educación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y esto sin duda puede ayudarnos a comprender el poco interés que muchos de ellos tengan respecto a sus aprendizajes, respecto al valor del esfuerzo y el compromiso con el estudio como trabajo, a la responsabilidad social que implica aprender para ser un miembro de una comunidad nacional, y no sólo un individuo dentro de un universo donde es mejor especular con el esfuerzo de los otros.
De alguna manera lo que sucede con los jóvenes en la escuela, responde a lazos sociales que se fueron desanudando hace tiempo, como procesos lentos y profundos ante los que no siempre acertamos con soluciones eficaces en general, y en la educación en particular. Por eso el proceso de la reforma educativa inaugurado en 1993, con la Ley Federal de Educación, fue pasando por intentos de cambio que sólo produjeron nuevas formas de nombrar problemas y soluciones. A este nominalismo educativo no debemos recurrir si es que queremos una nueva escuela o mejor dicho una educación que vuelva a ponerse a la vanguardia de un proyecto de país, en la construcción de una identidad nacional.
Quienes estamos en la educación desde hace tiempo, hemos vivido con asombro procesos de reforma, que poco fueron de fondo, por eso es que siempre estamos volviendo al comienzo, a re•descubrir que lo que habíamos cambiado no estaba tan mal, tal vez porque no era lo que en verdad debíamos modificar, o porque lo que sí provocó mejoras educativas, fue lo que en profundidad se elaboró en el seno de cada comunidad.
Afrontar la falta de inclusión, la diversidad educativa, la calidad de los aprendizajes y no sólo de los rendimientos escolares, la reconstrucción del sentido de “aprender” junto con nuestros niños y jóvenes; re – mediar sobre la deserción escolar y la re •pitencia, reformulando nuestro rol social y cultural como escuelas que busquen que sus alumnos aprendan, sin duda es una tarea que hoy se vuelve a decir en los principios e intenciones políticas, pero que nunca se concretará sino con el verdadero compromiso de cada comunidad educativa.
Algunas reflexiones finales. En el documento de los “lineamientos políticos estratégicos para la nueva escuela secundaria” se habla de principios que apuntan a “establecer pautas de trabajo con los alumnos sobre el nivel de responsabilidad que implican sus aprendizajes”. Esto es algo que debiéramos construir todos como escuela, si es que definitivamente decidimos no posicionarnos como un centro que imparte saberes, que los evalúa o simplemente los acredita en sus alumnos.
Por otro lado se habla de que cada institución debiera asumir la responsabilidad del rendimiento escolar de sus alumnos, lo que llevaría a un plan de autoevaluación institucional y de mejora continua. Esto técnicamente parece correcto, pero no debiéramos perder de vista que el objetivo apunta a la revisión de las propias prácticas educativas, y no sólo a la medición del resultado al que lleguen los alumnos. Tampoco a una competencia académico institucional que no contribuya al compromiso con el crecimiento social de la comunidad. Sabemos que la desigualdad social se replica en la escuela e impacta en el sistema educativo. Por eso no basta con “igualdad de oportunidades” lo que el proyecto EPT9 nos viene marcando como principio directriz; debe ser imprescindible que también imaginemos “igualdad de posibilidades”, para no sólo estar en la escuela, sino aprender en ella, crecer y quererla, sabiéndola como el único espacio genuino en el que un niño y un joven hoy puede crecer, porque lo hace junto a “otros” en una comunidad y para una nación.
9 EPT (Conferencia Mundial de Educación Para Todos, Jomtien, UNESCO, 1990)
Hoy decimos que hay muchos niños y jóvenes que repiten en la escuela Argentina. Para muchos significa lo que no lograron, lo que no acreditaron, el fracaso por lo que no hicieron. Para nosotros, educadores debiera resonarnos como etimológicamente significa: re – petir, intentar alcanzar de nuevo, volver en busca de, buscar remontando el origen; pero un poco más, la palabra “petitio” significa aspiración, pedido…entonces ¿cuál es el pedido que tantos alumnos hoy nos vuelven a hacer? ¿a qué origen nos están invitando a volver?.
Este año podemos pensar juntos “la escuela que supimos conseguir”.
Lic. Carlos L. M. Visca. CEIEC. Año 2010.

 

1 Berta Braslavsky medalla de honor en la Escuela Normal N°7 en 1932 y diploma de honor de la Universidad de Buenos Aires (UBA) en 1946 cuando recibió el título de profesora de Pedagogía de la Facultad de Filosofía y Letras. Fue consultora de la UNESCO y, con la vuelta de la democracia, regresó como profesora a la UBA. En 1993 recibió el Premio Interamericano "Andrés Bello" de la Organización de Estados Americanos (OEA). Sobresalen sus obras "Positivismo y antipositivismo en la Argentina", "La querella de los métodos en la enseñanza de la lectura" y "La educación y el hombre argentino".

2 CEIEC (Centro de Estudios Iberoamericano para la Educación y la Cultura: www.ceiec.edu.ar)

3 Mons. Casaretto y Mons. Aguer en el Congreso Nacional de Rectores organizado por el CONSUDEC

4 Consudec (Consejo Superior de Educación Católica)

5 CEPAL/OEI (Comisión Económica para América Latina y el Caribe/Organización de Estados Iberoamericanos)

6 El fracaso escolar se expresa en términos de repitencia, bajo nivel en la acreditación de los aprendizajes, sobre edad, deserción escolar, incapacidad de acceso a otros niveles educativos, falta de competencias y oportunidades, etc.

7 UCA Observatorio de la Deuda Social www.uca.edu.ar/observatorio

8 “Oíd mortales el grito sagrado: Libertad, libertad, libertad…” este año y en cada celebración debiéramos sentir la gravedad histórica de cada palabra.
más allá de las condiciones reales de trabajo, imaginando que otro país es posible con un verdadero compromiso educativo.